Sri Daya Mata
Extractos de una charla dada en un satsanga en la ermita de Encinitas.
Es maravilloso veros a todos aquí en Encinitas. Me gustan estos encuentros informales en los que poder compartir espiritualmente, como en los satsangas que que teníamos a menudo en India con los devotos de allí. Satsanga significa reunirse para hablar de Dios, para llenar nuestros pensamientos con Dios, para cantarle y meditar en Él. Es uno de los aspectos más bonitos de la vida religiosa en India. No hay ninguna formalidad en ellos. Nosotros aprendimos esto a los pies de Paramahansa Yogananda en nuestros ashrams de Mount Washington y aquí en Encinitas hace ya muchos años. Solía decirnos: “no debe haber formalismos en la forma en que nos acercamos a Dios”. Hacer hincapié en las ceremonias exteriores menoscaba nuestra sencilla y natural relación con Dios como nuestro Padre-Madre-Amigo, con quien nuestra comunión debería ser como la de un niño, con confianza y espontaneidad.
Al reunirnos de esta manera, disfrutamos de la mutua compañía espiritual, pero nuestro templo de adoración debe estar en nuestro interior. Cuando meditamos en grupo, nuestros esfuerzos combinados ayudan a que cada individuo vaya más profundamente; pero toda nuestra concentración debería estar en nuestro interior –sin pensar en quién tenemos sentado a nuestro lado; o si alguien está inquieto; sino tan solo en nuestra relación directa y personal, dulce e intima con lo Divino. Como Paramahansaji solía decir, ese es el único propósito de una iglesia- servir como colmena espiritual de comunión con Dios, llena de la miel de la presencia de Dios, donde las abejas devotos se reúnan para beber el néctar divino de Su Amor.
Sé que Gurudeva bendice a los que habéis venido aquí para vuestra renovación espiritual. Tal como decía a menudo: “Dedicamos demasiado tiempo a cuidar nuestro cuerpo físico y a mejorar nuestra mente, pero ¿quién piensa en el alma que es lo que realmente somos? No es de extrañar que haya tanta gente descontenta, infeliz y frustrada – ¡millones! Podéis verlo por todas partes porque las gente ordinaria no están viviendo una vida equilibrada; sus mentes están enfocadas principalmente en lo externo. Guruji solía decir esto de la siguiente manera: “Cada ser humano es un ser con tres aspectos.Tenemos un cuerpo y una mente, pero somos el alma. Usamos las facultades del cuerpo y de la mente para relacionarnos con este mundo finito, para expresarnos, para funcionar en este plano, pero no somos estos instrumentos externos. Frecuentemente los individuos dedican toda su atención al cuidado de estos dos aspectos externos y a la dualidad de las experiencias que engendran y luego estas personas se asombran porque interiormente están hambrientas de verdadera felicidad y verdadera paz.
El único alimento que puede satisfacer el alma, amados míos, es la Verdad. ¿Y dónde pueden encontrar la verdad si no es en Dios? Desde luego que no la encontrarán en el mundo exterior, porque el mundo no se basa en la verdad última o realidad. La verdad es que Dios es
En la India, durante los satsangas, los devotos a veces hacen preguntas sobre filosofía, sobre la verdad, sobre
Asistentes: Me gustaría hacer una pregunta: ¿Por qué nuestro Gurú quedó tan desolado cuando Sri Yukteswar dejó el cuerpo[1], dado que sabía que esta vida está basada en la ilusión y que el mundo astral al que su Gurú ascendió es un lugar mucho más elevado y mejor?
Daya Mata: Podrías haber hecho una pregunta similar acerca de Cristo. ¿Por qué mostró tanto sufrimiento cuando sabía que el cuerpo era sólo un sueño y que no existe tal cosa como la muerte? Necesitáis saber que todas las almas liberadas, como Jesucristo y nuestro bendito Maestro también, deben tomar cierta cantidad de ilusión para vivir en un cuerpo físico. Ellos lo hacen de forma voluntaria por su amor compasivo por la humanidad, para venir a la tierra a ayudarnos. Están sujetos a la dualidad de la existencia terrenal como nosotros; si no no podrían mostrarnos - por un ejemplo que podamos imitar - cómo elevarnos por encima de esas dualidades por la actitud adecuada que proviene de vivir una vida centrada en Dios.
Así que cuando sufren la pérdida de un ser querido, hay un elemento de pena en esa experiencia y un periodo en el que, por un tiempo, se siente el impacto de la separación: “Oh, ¿por qué se tienen que llevar a mi ser querido? ¡Cómo echo de menos la compañía de ese alma amada!” No podríamos sentir que ellos realmente nos entienden si no tuvieran los mismos sentimientos y simpatias humanas. No hay nada malo en ello y ciertamente no disminuye su grandeza. De hecho nos acerca más a ellos. Todos los Grandes Seres comparten con nosotros esta cualidad humana. Es por eso que se les puede reverenciar y amar. No sabríamos cómo relacionarnos con un ser que estuviera absolutamente más allá de nuestro alcance – la brecha entre nosotros sería demasiado grande. Pero, en último término no existe tal brecha entre las almas; todas son seres divinos. Es solamente debido a que nos hemos identificado con esta forma física que pensamos que somos seres humanos.
Jesucristo, cuando estaba en la cruz, mostró esa cualidad humana hasta el mismo final. Temporalmente, al menos, sintió plenamente la enorme angustia de la crucifixión, clamando a Dios en su dolor. Cuando bajó su mirada desde la cruz y vio la angustia de su amada madre Maria, habló a su discípulo Juan que estaba a su lado y le rogó que cuidara de ella. Él sintió ese verdadero dolor y compasión humanos.
El amor en sí tiene un elemento de dolor, e incluso un devoto que esté enamorado de Dios experimenta esto. Si habéis leído las vidas de algunos santos místicos, os habréis dado cuenta que ellos hablan de un dulce dolor. Yo entiendo esto. Es una dulce pena. No es una pena por depresión o por una tragedia o desesperanza. Hay dulzura en ello y es parte del amor. No existe relación amorosa sin ese pequeño elemento de dolor o añoranza del amado. Es lo que motiva al amante humano o divino.
Ahora bien, recordareis como, en la Autobiografía de un Yogui de Paramahansaji, Sri Yukteswar decía a sus discípulos que “encontrar a Dios significará el funeral de todas las penas”. Eso es diferente. Él se refería al pesar destructivo de las tragedias y sufrimientos en este mundo, señalando que según comenzamos a comulgar con Dios, descubrimos la fuerza interior y la dicha que nos eleva por encima de esto.
Cuando la gente viene a mí en busca de consejo espiritual y aliento, muy a menudo tienen mucha angustia en el corazón, asediado por tantas clases diferentes de sufrimiento. Pienso: “Oh Dios mío, Tú tienes el poder de elevarlos. Dales Tus bendiciones de fuerza espiritual a la que puedan agarrarse hasta que puedan hacerlo por ellos mismos”. Cada alma, cada uno de ustedes, tiene la capacidad de manifestar esa fuerza divina, esa sabiduría, ese amor de Dios, porque están hechos a Su imagen. Recuerden siempre esta herencia divina y sin importar lo que les suceda en la vida no se den por vencidos internamente. Siéntanlo y diganse a si mismos: “Señor, estoy hecho a tu imagen. Tú eres mi fuerza”. Cuando afirmas esto estás afirmando la verdad de tu naturaleza real. Pero no serás capaz de darte cuenta de esta verdad a menos que y hasta que hagas a Dios parte de tu vida diaria mediante
Piensa sobre ello de este modo: Tú no aceptarías como excusa estar tan ocupado que no tuvieras tiempo para dormir por la noche, ¿verdad? Dormir es fundamental y lo sabes, por eso no importa lo ocupado que estés, sacas tiempo para ello. No aceptas excusas para dejar de comer. Bueno, te puedes saltar una comida o dos, pero como regla general comes regularmente. Sería ridículo que pensaras que como estás tan ocupado sencillamente te privas de comer. Necesitas desarrollar la misma actitud con respecto a la meditación: “No puedo estar sin mi alimento espiritual”. Cuando tengas esta firme determinación, esa convicción, Dios te ayudará a sacar el tiempo que necesitas para meditar.
Asistente: Daya Ma, ¿podría decirnos algo acerca de cómo es la experiencia de ser elevado en Dios?
Daya Mata: Me considero tan solo una pequeña devota de
Para mí Dios es Amor - y la única cosa que es real en esta vida y que merece ser buscada es el amor. Recuerdo que durante mis años de bachillerato en el colegio cuando otras chicas de mi clase hablaban de amor y matrimonio, yo llegaba a casa y por la noche clamaba a Dios: “Oh Señor – ¡eso no es para mí! Yo tengo que conocer un amor que sea perfecto. No quiero matrimonio en esta vida”. Ahora cuando miro atrás, ¡que extraño era eso! Muchas chicas sollozaban por casarse y yo suplicaba a Dios por lo contrario. Bueno, ya saben, todos somos algo diferentes.
Desde muy temprana edad, había una idea en mi mente– que debía buscar a Dios, un Dios de amor. No podía aceptar la idea de un Dios severo que siempre está sentado juzgando a Sus hijos, siempre disciplinándolos. Eso era algo ajeno en mí. Mi Dios debía ser un Dios al que no tuviera miedo, sino alguien a quien pudiera amar. Ese era mi sentimiento; y cuando vi al Maestro por primera vez, el impacto de su mensaje - el impacto de conocer alguien que conocía y amaba a Dios como yo había soñado, como yo había anhelado hacerlo - eso me cambió en un instante. Esa es la verdad; ahora me doy cuenta de ello cada vez más según miro hacia atrás. El propósito de mi vida se hizo realidad y me llenó con un fuego de entusiasmo que nunca ha disminuido.
Todos los seres humanos, sin excepción, buscan amor. ¡Todo el mundo está hambriento de amor! Mi actitud es: déjenme ir a la Fuente de todo amor, a Dios mismo, y entonces sabré lo que es el amor. Toda mi vida ha estado dedicada a esta búsqueda suprema; y cuando medito, ese amor es lo que estoy buscando. Pero sé, sin embargo, que antes de poder recibirlo, debo estar lista para darlo; y debe ser un constante dar.
En cualquier amor humano -entre padres e hijos o marido y mujer, o entre amigos- para que la relación sea perfectamente satisfactoria no puede ser una relación de tomar. Tiene que ser una relación de dar. De igual modo, al expresar amor por Dios y buscar la comunión con El la actitud debe ser de una ofrenda devocional e incondicional a Él. No debe haber ningún pensamiento de cuánto estamos dando, porque entonces lo que ofrecemos no es realmente amor; es una petición o expectativa de algo a cambio. La consciencia del devoto debe estar llena de dar, dar, dar– solo por la dicha de dar. Ese es mi sentimiento al meditar.
Por esta actitud yo he sido bendecida con algunas experiencias maravillosas y llenas de gozo en Dios en las que no ha habido consciencia del tiempo, ni del mundo exterior o de la gente a mi alrededor. Estos periodos son aquello por lo que vivo; son toda mi vida. Lo que se siente al principio (hablando desde mi propia experiencia) es una sensación de gran paz que viene de dentro de uno mismo, y luego un sentimiento de tremenda libertad de todo lo que ata la conciencia con el cuerpo y el mundo.
Conforme continuamos comulgando con Dios va llegando una gran expansión de la consciencia y después ¡el más grande e irresistible estado de amor! No se puede describir con palabras. Es un amor que es tan dulce, tan abrumador, que comprendes como alguien puede morir fácilmente por amor. Lo sientes con todo tu ser y más allá de tu ser individual; ves que todas las cosas no son sino Amor, una manifestación de Amor. Entonces, desde luego, surge el deseo de compartir eso y darlo a todos: “Oh, ¡sí supierais tan sólo lo que os estáis perdiendo! Se lamentan por tantas cosas en este mundo, cuando pueden satisfacerse completamente yendo al pozo del amor de Dios, donde pueden beber en profundidad”.
En el amor humano hay mucho dolor. En el amor humano hay mucha incertidumbre y muchos malentendidos. Quizás en pasadas encarnaciones tuve esas experiencias imperfectas de amor y por eso deseaba algo más. En Dios encuentro perfección, esa suprema felicidad que no acaba. “Tú eres mi vida, Tú eres mi amor, Tú eres el secreto deseo de mi corazón; Tú eres el dulce gozo que busco yo”.
Cuando alguien alcanza este estado de comunión profunda y absorción en el amor de Dios, uno no siente el deseo de abandonarlo. Es fácil entender como algunos yoguis pueden permanecer sentados durante horas, días y años en meditación. En ese estado no existen los deseos, porque ¿qué es lo que se podría desear? Tienes todo, todo lo que podrías haber anhelado alguna vez. No hay oscuridad. Todo el cosmos lo experimentas en tu interior, y con ello llega un tremendo entendimiento. De repente te das cuenta de que cosas que antes no entendías ahora son claras para ti: “¡Oh!, ¡ahora veo, ahora entiendo! ¿Cómo ocurre esto? Se debe a que tu naturaleza es sabiduría; tu naturaleza es dicha, tu naturaleza es amor y en estos profundos estados de meditación contemplas tu Ser como realmente es.
En estos estados, la mente está siempre alerta; nunca hay pérdida de consciencia o inconsciencia al comulgar con Dios. Puede haber inconsciencia de este plano mundano o interiorización de la conciencia del mundo exterior; pero interiormente siempre existe consciencia, plena consciencia. En una ocasión algunos discípulos estábamos meditando con el Maestro en su estudio aquí en la Ermita, poco después de construirse. Guruji estaba cantando a
Queridos míos, no malgasten el tiempo. Cuando mediten, ¡hagan que cuente!. No pronuncien el nombre de Dios en vano. Esto no significa solamente que se abstengan de jurar. Significa que cuando mediten en Dios, toda su mente esté en Él. Cuando le digan que lo aman, no repitan la frase como loritos, deben sentirlo. Tiene que llegar desde lo más profundo de tu interior: “¡Mi Amado, mi Amado, Tú eres mi Amor! Lo único que sé es que cuando estoy Contigo, mi vida es diferente. Cuando estoy contigo, es tanta la dicha, que simplemente estoy bañada en tu Amor Divino.
El alma está plena, eso es todo lo que sabes, y tú único deseo es poder vivir tu vida de tal modo que puedas ayudar a otros, animar a otros, a conocer ese Amor. Ese deseo está ahí – pero sabes que no puedes hacerlo solo y rezas a
[1] En su Autobiografía de un Yogui Paramahansa Yogananda cuenta el pesar que sintió cuando murió su gurú, Swami Sri Yukteswar.